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“Pero que semana de porquería. Y justo a mi querida amiga Antonella se le ocurre venir hoy al shopping; un sábado de tarde, con lo que detesto las multitudes.”
En eso pensaba Laura, sentada en la plaza de comidas del shopping, atestada de gente. No cabía ni un alfiler. Estaba esperando a su amiga que viniera con los helados, según ella a ver si se le enfriaba un poco la cabeza.
“Como si eso fuera posible.” pensó bufando. Pero lo cierto era que adoraba aquellos helados y siempre le mejoraban el humor.
Laura había tenido una semana pésima, el lunes perdió su último examen de su primer año de universidad por lo que garantizaba un verano arruinado estudiando para su próximo período. El martes se contagió de un virus que la tuvo con dolor en el estómago y náuseas hasta el viernes y ese día había tenido una entrevista para un trabajo para el que sospechaba no la iban a llamar.
“¿Para qué tanta prueba psicológica para vender ropa si al final van a contratar a una rubia descerebrada con exceso de maquillaje y las tetas gigantes? Aj, ¡qué fastidio! De hecho, creo que había un par de esas en la prueba.” se rió de forma sarcástica hundiendo la cabeza entre sus manos.
– Discúlpame. – escuchó que le decía una voz grave sacándola de sus ensoñaciones.
Ella levantó apesadumbrada la cabeza y vio a un muchacho de unos veinticinco años, alto, delgado con los ojos y el pelo más negros que ella jamás había visto. Contrastaban perfectamente con su blanquísima piel. La miraba con cara de pícaro, sonrisa ladeada y ojos chispeantes. – ¿Me puedo sentar?
“¡Uf! Lo que me faltaba” pensó hastiada.
– Estoy con una amiga. – dijo en tono seco. Él miró en todas direcciones.
– ¿Es en serio o estás tratando de echarme?
“Ah, pero éste ¿quién se cree que es? Tengo que borrarle esa sonrisita de la cara. Por más que me guste se está pasando de listo.”
– Es en serio. Pero si quieres te quedas y ves cuál de las dos te gusta más. Así puedes elegir.
“Seguramente la elija a ella. La adoro y es la mejor amiga del mundo pero debo admitir que sus curvas siempre se llevan las miradas de todos los chicos y de los hombres también.”
Laura logró su objetivo ya que el desconocido se quedó mirándola con los ojos y la boca muy abiertos. Pestañeó un par de veces cerrando su boca tras unos segundos pero seguía ahí parado. En ese momento llega Antonella con dos cucuruchos con el helado derritiéndose. Ella intentaba recuperar con la lengua todo lo que podía del suyo mientras que el otro helado le ensuciaba toda la mano.
– Están medio blandos pero igual son riquís… – se detuvo de pronto al ver el extraño duelo de miradas que se estaba desarrollando.
Ellos dos se miraban fijamente, a la espera del próximo movimiento.
– Ejem – aclaró su garganta Antonella.
Laura fue la que habló primero. – ¿Ves? Te dije que estaba con una amiga. – Y le arrebató el helado que le pertenecía. Acto seguido sacó su lengua y lamió todo el helado, mirándolo desafiante.
A él ese gesto lo golpeó tan fuerte que por un momento perdió el equilibrio. Pero en seguida recobró la compostura y entornando los ojos volvió a sonreírle de lado. Sacó su billetera del bolsillo, rebuscó y sacó una tarjeta personal. La apoyó en la mesa frente a Laura y sin decir nada se dio media vuelta dispuesto a irse.
– Pero ¿qué haces? – casi le gritó ella.
Y entonces él la encaró de nuevo, la tomó de la nuca y le partió la boca de un beso. Duró unos segundos en que Laura no atinó a reaccionar, sólo dejaba que los carnosos labios de él se entrelazaran con los suyos y que su húmeda lengua la invadiera. Se separó de ella tan sorpresivamente como la tomó, dejándola jadeante y con los labios hinchados.
– Mmm. Chocolate amargo, me encanta. – dijo relamiéndose. – Ahí te dejo mi número. – dijo señalando la tarjeta sobre la mesa y desapareció entre la gente dejándola atónita, con el helado derritiéndose en su mano y su cuerpo en un estado casi febril.
A Antonella se le había caído la mandíbula.

– Tienes que llamarlo. – le dijo Antonella. Estaban en su casa esa misma tarde y rondaban las siete.
– Ni loca. Es un acosador. ¿Cómo se le ocurre besarme así en medio de una plaza de comidas?
– Sí, pero bien que el acosador te dejó temblando como una hojita.
– Aparte no tengo la tarjeta. Salimos volando y nunca la agarré.
– Yo sí – dijo Antonella sacándola del bolsillo trasero de su pantalón.
– Anto… ¿Qué estás tratando de hacer?
– Estoy tratando de que te diviertas un poco. Vamos, llámalo, llámalo, llámalo.
– ¿Y le digo qué?
Anto la miró con cara de pícara. – Que quieres más de donde vino eso.
– ¿Pero qué te piensas que soy?
– Hay Lau, no le des tanta vuelta. Llámalo y listo. Después ves qué pasa.
Tras pensarlo unos segundos se decidió.
– Ok. Lo voy a llamar. Pero sólo para increparlo. No puede ser que haya hecho eso. Es un maleducado. ¿Qué se cree? – vociferaba mientras le sacaba la tarjeta a su amiga y empezaba a marcar el número.
Se encontró temblando y con la boca seca, pero ni modo, ya había tomado una decisión y seguiría adelante.
Tres, cuatro, cinco tonos y cuando estaba apunto de cortar, él atiende el teléfono.
– Hola – contestó su grave voz
Laura sintió que se derretía.
– Hola – volvió a decir.
Antonella la golpeó en el brazo para hacerla reaccionar.
– Ho… Hola. ¿Andrés?
– El mismo
– Soy Laura. La chica del helado.
“Idiota” pensó. “No soy una vendedora de helados”
Anto soltó una carcajada ahogada por su mano.
– La chica del shopping de esta tarde.- se corrigió.
– Sé quién eres. ¿Cómo estás?
“¿Que cómo estoy? ¿Y tan tranquilo me lo pregunta?”
– Bueno, la verdad es que estoy indignada. ¿Cómo se te ocurre hacer lo que hiciste y desaparecer así? Yo no soy una cualquiera.
– ¿Y te gustó lo que hice?
– Emm, bueno…
– ¿Te gustó o no?
– Ese no es el punto. Fue desubicado lo que hiciste y en el lugar que lo hiciste.
– Estás equivocada. Ese precisamente es el punto. Si te gustó lo que hice lo podemos repetir en el lugar que quieras.
Laura sintió que se incineraba. “¡Qué descarado que es!” Anto la observaba extasiada al ver las reacciones de su amiga.
– No tienes vergüenza en la cara.
– Ni en la cara ni en ninguna otra parte del cuerpo. Entonces, ¿cuándo nos vemos?
– ¿En qué momento te dije que quería salir contigo?
Anto asentía de forma frenética.
– No lo dijiste explícitamente. Pero si no quisieses más de lo que pasó hoy, ni siquiera te hubieses molestado en llamar.
“A bueno, pero este no tiene límites.” pensó más excitada de lo que se quería admitir.
– Ok. Esta noche. Pero sólo para explicarte clarito cómo son las cosas.
– Está bien. Me urge que me des esa explicación. ¿Dónde y cuándo?
“¿Se está burlando de mi? ¡Uf!”
– En hora y media. En la puerta del shopping.
– Ok. Nos vemos ahí. – y cortó.
Anto puso el grito en el cielo literalmente.
– ¿Vas a salir con él?
– No, bueno, sí. Pero sólo para aclararle las cosas.
– Sí, sí, como sea. El hecho es que tienes una cita mi amiga. Vamos a aprontarte. – y se la llevó a rastras al baño para aprontarla como si fuese una debutante de los años treinta.

A las ocho y treinta estaba llegando al shopping en el auto de su amiga. La dejaría allí y luego la iría a buscar. Había caído en las manos de Antonella para que la arreglara así que vestía unos pantalones de jean muy ajustados, azules oscuros con un sutil bordado de pequeñas flores sobre el muslo en hilo plateado, una blusa gris perla que llevó quince minutos de discusión sobre el botón que debía ir prendido o desprendido. Por supuesto Anto ganó; resultado: botón desprendido. En los pies, unos zapatos de taco de gamuza grises carbón. El pelo castaño se lo había acomodado en una especie de moño “perfectamente desarreglado” según terminología de la propia Antonella. El maquillaje era muy leve, algo de brillo rosa pálido en los labios, ojos delineados en negro y sombra natural con un poco de brillo. Según su amiga el rubor ya venía integrado así que no sería necesario agregar más. Después le guiño un ojo.
Laura no entendió a qué se refería.
– ¿No será mucho? Voy a ir sólo para…
– Sí, sí – la interrumpió su amiga. – Lo dejaste claro todas las veces que lo dijiste. Pero para que te tome en serio tienes que ir bien arregladita, para imponer presencia. ¿Entiendes?
– Si tú lo dices…

– Bueno amiga, suerte. Déjale bien claro lo que piensas, ¿eh? Y me llamas cuando me necesites. Te voy a buscar a donde sea. – y le guiñó un ojo de nuevo.
– Ok. Te llamo. – le dijo y se bajó del auto.
Caminó media cuadra hasta la entrada principal del shopping y ahí lo vio.
“Hay no. Esto va a ser peor de lo que pensé. ¡Qué bueno que está!”
Vestía jeans negros, camisa negra y zapatos del mismo color. Estaba recostado en la pared al costado de la puerta de entrada al shopping jugando con las llaves de su auto entre sus dedos. Laura sintió que se quedaba sin aliento.
“Contrólate muchacha. Sabes a qué has venido. Cumple con tu cometido.”
¿Sabía a qué había ido? Creía que sí, hasta ese momento. Tomó aire y avanzó hacia él. Antes de que llegara, él la divisó. Se despegó de la pared y le sonrió complacientemente.
– Hola – se dijeron al unísono.
Él la miró de arriba abajo devorándosela con la mirada. Ella sintió que ardía.
– Mira – se aclaró la garganta porque su voz salió más aguda de lo que quiso. – Mira, el asunto es el siguiente… – mucho mejor.
– Aquí no. Vamos a un lugar más tranquilo. – y sin previo aviso la tomó de la mano y la llevó calle abajo. Llegaron a su auto que estaba estacionado al costado de una plaza. Estaba hermosamente iluminada, llena de flores y aunque era una cálida y despejada noche, estaba casi vacía. Al otro lado de donde estaban ellos una parejita de novios adolescentes se comían la boca a besos.
Ella los miró de reojo sintiendo que enrojecía aún más. Él parecía ignorarlos. Se metieron en la plaza y se sentaron en uno de los bancos. Ella miraba al frente, sentada con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Él tenía el cuerpo orientado hacia ella.
– Cuando quieras. – le dijo.
– El asunto es que… –
Él la tomó de la barbilla y la obligó a que lo mirara.
– Si me vas a increpar algo, al menos hazlo en mi cara.
– Sí, claro que lo voy a hacer – dijo al fin tomando coraje. – No puedes ir por la vida besando chicas. Eso es acoso sexual. – Él la miraba reprimiendo una sonrisa. – ¿Qué? – dijo ella.
– ¿Me puedo defender?
– Sí – dijo ella sin pensar.
– Primero que todo tú de chica no tienes nada. Estás bastante crecidita. – y la miró otra vez de forma lasciva. – Y segundo, nunca había hecho algo así, no sin conocer a la otra persona al menos. Pero cuando me provocaste con ese helado y me desafiaste con tus palabras no me pude contener a probar tu boca.
“¿Qué?”
– Yo no te provoqué.
– Sí lo hiciste y creo que lo sabes bien. Ahora la pregunta es si me vas a dejar probar otro sabor de tu boca. Me encantó el chocolate amargo pero ahora mismo quiero saber si me vas a dejar sentir tu sabor.
– Yo… – sentía su cuerpo en llamas. Él se acercó más y ella sintió su exquisito perfume que la inundó.
– ¿Quieres que te bese de nuevo Laura? – le dijo mientras deslizaba una mano por su nuca y se acercaba más y más.
– Sí – alcanzó a decir ella en un susurro totalmente perdida, engatusada por su seducción.
Él no esperó un segundo más y apresó sus labios a los de ella explorando con su lengua los rincones de su boca. Ella hacía lo propio enredando sus dedos en el pelo de él y luchando con su lengua empapada de deseo. Cuando se quedaron sin aliento se separaron, él con una perfecta sonrisa de triunfo y ella roja de la excitación que recorría cada fibra de su ser. Ahora los que parecían dos adolescentes calentones eran ellos.
– Entonces, ¿qué quieres hacer ahora? – le dijo mirándola con loco deseo mordiéndose el labio.
Su cuerpo, sus hormonas sabían muy bien lo que querían hacer pero sus neuronas no estaban muy convencidas. El hecho es que era un extraño.
Ella también se mordía el labio pero por la duda.
– No te voy a hacer nada que tu piel no quiera que haga – le decía con voz seductora mientras le acariciaba los labios hinchados. No me tengas miedo. ¿Qué puedo hacer para que confíes en mí?
Laura estaba desconcertada. Sí quería ir con él a donde él quisiera para hacerle lo que se le cruzara por la cabeza pero lo único que sabía de él era su nombre, su teléfono y que era contador.
– Tengo que hablar con mi amiga al menos – le dijo avergonzada como si le tuviese que pedir permiso a su mamá. Afortunadamente Anto la cubría en esa.
– Ok. Llama a tu amiga y le dices que estarás conmigo un rato más.
Ella sacó su teléfono de la cartera, llamó a Antonella que le respondió: – ¿Ya te tengo que ir a buscar?
– No, el asunto es que…
– Déjame hablar con ella. – la interrumpió Andrés extendiendo su mano para que le pasara el teléfono. Ella lo miró extrañada, él insistió y ella accedió.
– Hola, mira, el asunto es que quiero pasar un rato con tu amiga a solas en mi apartamento y ella está un poco aprensiva. – Laura quiso golpearlo por dejarla en evidencia pero él la esquivó.
– Así que quería dejarte mi dirección para que sepas dónde está. ¿Tienes para anotar? Ok. – Y le dio la dirección como también el número de teléfono de línea y su celular. – Te la paso de nuevo. –
Laura tomó el teléfono.
– Este tipo realmente quiere acostarse contigo. Poco menos que me da su grupo sanguíneo. ¿Qué quieres hacer tú?
Laura se había parado y puesto a caminar dándole la espalda a Andrés a propósito.
– Me tiemblan las piernas y el corazón se me sale por la boca. Pero me muero por ir.
– Entonces ve. Sabes cómo cuidarte y sé donde estás. Disfruta nena y me llamas cualquier cosa, no importa la hora.
– Ok. Adiós. Te quiero.
– Yo también. Vete, vete. No lo hagas esperar más.
Cortó el teléfono y se enfrentó a su mirada abismal.
– Entonces ¿qué decidiste?
– Podemos irnos.
Se subieron al auto y se fueron.

Veinte minutos después llegaron al apartamento de Andrés. Él abrió la puerta y tomó la sudorosa mano de Laura para conducirla al interior.
– ¿Quieres algo para tomar?
“Sí, a ti” pensó ella sonriendo.
– Agua estaría bien
– Ok
Al rato volvió con un vaso de agua, dos copas y una botella de vino tinto. Ella bebió un sorbo de agua.
– ¿Te gusta el vino?
– Sí pero…
– No te preocupes que no voy a dejar que te emborraches. Sólo quiero que te relajes un poco. Estás demasiado tensa. – decía al tiempo que llenaba ambas copas.
– Cuéntame algo de ti – le dijo él mientras bebía pequeños sorbos de vino.
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Por qué estabas de ese humor tan terrible?
– Tuve una semana muy complicada. Perdí un examen de matemática, me enfermé y fui a una tediosa entrevista de trabajo. Lamento haberte ladrado, no soy así casi nunca.
– No lo lamentes. Creo que porque me ladraste ahora estamos en esta situación.
En ese momento la mira sonriéndole y le da la copa de vino. Ella sin dudarlo la toma y bebe un sorbo bastante largo.
– Mmm – murmura él entornando sus ojos y fijándolos en la boca de ella. – Tengo un problema, tal vez me puedas ayudar.
– ¿Qué problema? – preguntó ella adivinando sus intenciones.
– Verás, acabas de tomar un buen trago de vino así que me estoy siendo prácticamente obligado a pedirte que me dejes besarte de nuevo para saber cómo sabe tu boca perfumada por el vino.
– Mmm. Realmente es un problema en el que estás metido. – dijo ella coqueteando.
– Ya te lo decía yo. Entonces, ¿me vas a ayudar a solucionarlo? – dijo él acercándose más y más a ella. Ya tenía su mano envolviéndola desde la nuca. Ella no contestó, simplemente se recostó en el sofá y cerró sus ojos. Él le quitó la copa de la mano y se abalanzó sobre ella, presionándola con su cuerpo y atacando su boca salvajemente. Ella se retorcía bajo el cuerpo de él y sus manos fuera de control viajaban por su espalda reconociendo su musculatura. Llegó al borde del pantalón y sin pensarlo tiró de la camisa liberándola del agarre y en seguida sintió la piel de su espalda baja, caliente, muy caliente. Él gimió aún besándola mientras su mano derecha recorría su costado de arriba abajo. Ella le subió la camisa de forma desesperada. En ese momento él se separó de sus labios y empezó a descender, llenándola de besos en su mandíbula, detrás de su oreja, bajó por su cuello mientras con su mano se había colado por debajo de su blusa e iba subiendo lentamente, tocándola apenas con la punta de sus dedos. De pronto dejó de besarla, se paró y la observó derretida en el sillón, jadeante, expectante.
– Sabes divinamente. – le dijo relamiéndose los labios. Ella convulsionó ante ese gesto e involuntariamente apretó sus piernas.
– ¿Quieres más?
Ella asintió al instante.
Él sonrió de forma lasciva.
– Entonces ven. – le dijo extendiéndole la mano que ella gustosa aceptó.
Él tiró de ella y pegándola a su cuerpo volvió a besarla de forma posesiva, hundiendo su lengua en la boca de ella y tomándola con firmeza de la nuca. Así la llevó hasta el dormitorio, extrayéndole cada gota de oxígeno, excitándola hasta el extremo sólo con su experto y húmedo beso.
Cuando llegaron al cuarto se separó de ella y mirándola con ardiente deseo fue hasta la mesa de luz y sacó de un cajón dos preservativos.
Laura sabía perfectamente a qué había ido a ese apartamento y estaba más que dispuesta a estar allí pero ver esos preservativos causó un efecto demasiado fuerte en su alterado sistema. Eran una prueba fehaciente de lo que iba a pasar en breve. Todo su cuerpo tembló una única vez de forma violenta y sintió que sus piernas no la sostendrían. Andrés se dio cuenta y en dos pasos estaba frente a ella sosteniéndola por la cintura, pegándola a su cuerpo.
– ¿Estás bien preciosa?
– Si, yo, eh…
“¡Qué vergüenza! Va a pensar que soy una tonta. ¿Cómo puedo desarmarme así? ¡Un poco de control Laura!”
– ¿Quieres seguir? – le preguntó al tiempo que acariciaba su cuello con su nariz, inspirando su esencia.
– Sí, por favor – dijo ella en una súplica.
– Mmm. Está bien. Pero te voy a llevar hasta la cama, no vaya a ser que te me desmayes aquí parada.
Dicho esto la tomó en brazos y la depositó suavemente en la cama, mirándola con sus abismales ojos negros. Se separó nuevamente, se quitó los zapatos, las medias y la camisa por encima de la cabeza. Después se desprendió el botón del jean y bajó el cierre dejando ver algo más de la línea de bello que conduce a su sexo interrumpido por el ancho elástico de sus boxers.
Laura no quitaba la vista de allí, ansiosa por ver liberada la opresión que apenas contenían esos pantalones. Se retorcía y contorneaba en la cama apresando las sábanas bajo sus manos.
– ¿Te gusta lo que ves?
“¿Cómo no va a gustarme lo que veo? ¡Cuánta perfección por favor! Y todo para mí.”
– Sí, mucho – alcanzó a contestar con la voz entrecortada.
Él ladeó la cabeza y frunció los labios observándola divertido.
– Mmm. Me parece que tienes demasiada ropa puesta. Siéntate en el centro de la cama.
Ella se quitó los zapatos y obedeció dejando sus piernas extendidas y apoyándose en sus brazos. Él separó sus piernas tomándola de los tobillos y se subió arrodillado a la cama colocándose entre ellas. Laura observaba cada unos de sus sensuales movimientos, cada vez más excitada.
– Entonces, vamos a ver si el resto de tu piel sabe tan deliciosa como lo que he probado hasta ahora. – Le sonrió de lado, le besó apenas los labios y empezó a desabrochar uno a uno los botones de su blusa dejando un camino de besos y esporádicas caricias con su lengua a su paso.
– Mmm. Incluso mejor.
Laura no decía nada. Sólo gemía, jadeaba y con su cuerpo pedía más y más. Él obedecía a su orden no dicha. Después le dijo que se recostara y ella relajó todo su cuerpo cerrando sus ojos. Abrió su blusa y la acarició con la punta de sus dedos observando cómo su piel se erizaba a su paso. Se posó en la línea de su pantalón y lo desabrochó y bajó el cierre. Laura estaba totalmente perdida y lo dejaba hacer sin restricciones. De pronto y rápidamente la tomó de las caderas y la dio vuelta como si fuese una muñeca. Ella gemía extasiada, sorprendida de que ese acto casi salvaje le hubiese volado tanto la cabeza. La despojó de su blusa y se recostó a su lado. Le corrió el pelo despejando su nuca y se la besó pasando después a su hombro descubierto. Recorría con su mano su espalda hasta que se topó con el broche del soutién que en un segundo deshizo. Acto seguido deslizó ambos breteles por sus hombros.
– Ah, sin interrupciones. – le dijo al tiempo que la masajeaba suavemente.
– Estás muy callada. ¿Te gusta lo que te estoy haciendo? –
– Sí – dijo ella estirando la palabra en una súplica y en ese momento él metió una mano por debajo de su pantalón y aprisionó su glúteo. Se regodeó apretándolo y masajeándolo y al pasar al otro rozó su sexo con la punta de sus dedos.
– Ah – suspiró ella levantando su culo involuntariamente, ofreciéndose a él. Tras unos segundos de apretar su glúteo volvió a mover su mano pero ésta vez se instaló de lleno entre sus piernas introduciendo el dedo mayor en su húmedo interior.
– ¡Ah! – gritó ella esta vez y quebró aún más su espalda. Él aprovechó la oportunidad e introdujo otro dedo y empezó a mover su mano arriba y abajo en el apretadísimo espacio dentro de los pantalones de Laura. Ella sentía que desfallecía. Su cuerpo se tensaba y aflojaba rítmicamente, totalmente fuera de control. Sentía los ruidos que hacía su húmedo sexo ante los movimientos de la magistral mano de Andrés y junto con sus graves jadeos provocaban reacciones carnales y primitivas en el cerebro de Laura. De pronto se detuvo, dejándola sedienta de más. Como lo hizo antes, la dio vuelta, tiró el soutién al piso y se tendió sobre ella atacando un pecho con su boca mientras con la mano atendía al otro masajeándolo, apretando su pezón y estirándolo. El cuerpo de Laura convulsionaba ante este asalto y su pelvis se elevaba incontrolable para aumentar el roce con la de él. Había llevado sus manos a su pelo y tiraba de él ansiando que la devorara más y más. Tras unos segundos él abandonó su pecho y la besó apasionadamente enterrando su lengua en su boca que ella aceptó gustosa.
Le sonrió de forma lasciva al apartarse y colocándose entre sus piernas tomó el borde del jean junto con sus bragas y de un tirón las zafó del agarre de sus caderas. Después se bajó de la cama deslizando los pantalones por sus piernas. La tenía completamente desnuda y para ser justos él también se desnudó por completo. Su erección saltó firme al frente, quedando perfectamente perpendicular a su cuerpo. Laura fijó su vista allí e instintivamente se saboreó.
– ¿Quieres probar? – dijo él mientras se lo tomaba con la mano y la movía despacio arriba y abajo. La otra la tenía extendida ofreciéndosela a ella. Laura tardó unos segundos en reaccionar pero finalmente se la tomó. Se sentó al borde de la cama, observó su turgente pene que él aún sostenía y se lo metió en la boca. Chupó, lamió y mojó todo lo que pudo, jugueteando con su lengua alrededor de la cabeza. Él había cerrado sus ojos y echado la cabeza hacia atrás disfrutando de lo que ella hacía y enredando sus dedos en su pelo.
– Basta. – dijo de pronto y dio un paso atrás. Laura lo miró sin entender.
– Preciosa, si sigues esto se termina ahora. – La tomó de las axilas y la ayudó a subirse de nuevo a la cama. La tomó de los tobillos, se los separó y besó todo el camino desde su pie hasta el interior de sus muslos.
– Ahora me toca a mí – dijo en un susurro y devoró el sexo de Laura, haciéndola estremecerse de pies a cabeza. La sostenía de las caderas para restringir sus movimientos. La llevó con su húmeda lengua otra vez al borde del abismo y otra vez se detuvo, torturándola con la expectativa.
– Por favor… – suplicó ella.
– Por favor ¿qué?
– Te quiero…
– ¿A sí? ¿Dónde?
– Te quiero dentro de mí
– Tus deseos son órdenes
Se estiró encima de ella cubriéndola con su cuerpo, presionándola con su erección y tomó uno de los preservativos. Rápidamente se lo puso y sin mediar más la penetró de una sola vez y hasta el fondo. Ella pegó el grito en el cielo no por dolor sino por sentirse llena, plena, satisfecha.
– ¿Estás bien? – preguntó él quieto por completo.
– Sí, sí, no te detengas. Dame, dame – pedía desesperada.
Él le sonrió y empezó a moverse. En seguida tomó un ritmo rápido, frenético. Se incorporó, tomó una de las piernas de Laura y se la puso al pecho, abrazándola y logrando una penetración mucho más profunda. Ella se deshacía bajo sus embestidas. Estaba cerca, muy cerca. Sin siquiera pensarlo llevó sus manos a sus pechos y se los estrujó, estirando sus pezones. Al ver esto él se excitó aún más y aumentó el ritmo de sus embestidas que ya eran salvajes. Laura no resistió más y estalló en un orgasmo arrollador. Sacudía violentamente su cuerpo mientras él aprisionaba con fuerza su pierna y la seguía penetrando sin piedad. Ella gritaba y gemía. Los espasmos de su cuerpo no disminuían, se sentía enloquecer ante tal explosión de placer.
Tras unos segundos más, él soltó su pierna, salió de ella, la besó apasionadamente y la dio vuelta dejándola en cuatro patas. Presionó entre sus omóplatos y ella sin dudarlo, embriagada por los coletazos del orgasmo que acababa de experimentar, pegó su pecho a la cama. Él lamió su sexo en toda su extensión provocando una violenta sacudida en el cuerpo de Laura y sin esperar un segundo más volvió a penetrar hundiendo sus dedos en su cadera.
– Ah, ¡sí! – gritó ella tirando la cadera hacia atrás, ofreciéndose más a él que inmediatamente la empezó a embestir duro y hasta el fondo. Ella presionaba rítmicamente los músculos de su vagina y el gruñía cosas inentendibles cada vez que ella lo hacía. Cada tanto una mano de él viajaba por su espalda, la tomaba de su hombro, marcando más fuerte sus embestidas. Después iba hasta su pecho y pellizcaba su pezón una y otra vez mientras no dejaba de penetrarla. Finalmente se instaló en su clítoris y empezó con un masaje demencial, en círculos, arriba y abajo y otra vez en círculos. Laura estaba otra vez al borde. Las contracciones involuntarias de su sexo se lo informaron a él que una vez más aumentó el ritmo de sus embestidas presionando el clítoris de ella. Tres, cuatro y a la quinta embestida ella explotó llorando y riendo a la vez.
– Ah, sí, sí, sí.
Dos segundos después Andrés se vació dentro de ella con un ronco y profundo – Sí
Clavó los dedos en su cadera y se detuvo por completo dentro de ella hasta que su cuerpo dejó de temblar. Salió y ella se desplomó en la cama, exhausta, rendida. Él se quitó el preservativo, le hizo un nudo y lo tiró a un lado de la cama. Suavemente la dio vuelta, descendió hasta su sexo y la besó delicadamente, bebiendo la excitación que su cuerpo no podía contener. Ella se sacudió lánguidamente sin abrir los ojos pero con una sonrisa pintada en su rostro y la más absoluta cara de paz. Él abandonó su sexo y subió cubriéndola de diminutos besos por su panza, sus pechos, sus pezones, su cuello y finalmente sus labios que abrazó con los suyos envolviéndola con una mano desde su nuca.
– ¿Cómo estuvo? – le susurró al oído
– Mmm. Demasiado bueno.
Él se sonrió contra su cuello. La puso de lado y se pegó a su cuerpo, desnudos ambos.
– Descansa preciosa.
Y así se durmieron, fundidos en un abrazo después de la arrolladora pasión que los convirtió en un sólo ser.