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Te doy la bienvenida a mi blog de literatura erótica-romántica y erótica. Aquí encontrarán escritos de mi propia autoría que me encantaría compartir con todos ustedes.

Sus críticas constructivas y comentarios serán más que bienvenidos.

Disfruten!

Deb.

Soy mujer y pago por sexo

Yo pago por sexo.
Pero no es lo que todos están pensando. Pago sólo para ver.
Lo único que voy a decir de mí es que tengo treinta y un años, el dinero para mí no es un problema y tengo un deseo contenido de sexo que me está volviendo loca.
Hace tres meses que encontré esta especie de solución a mi situación aunque no sé por cuánto tiempo más sea efectiva.
Todos los viernes a las ocho y treinta de la noche me subo a mi auto desde la oficina y me dirijo hasta este lugar donde por una cuantiosa suma de dinero puedo ver a través de un espejo doble mientras una pareja de actores porno hacen lo que mejor les sale.
No tengo ninguna preferencia en particular, sólo tengo una condición y es que la chica se acabe. En algún punto me pregunté si el gusto por observar a otra mujer deshacerse bajo el devastador efecto de un orgasmo me hacía lesbiana. Después de un tiempo no le di más vueltas al asunto. Creo que en el fondo me gusta mirar porque me imagino a mí misma en esa situación, experimentando esas sensaciones y eso despierta algo del deseo salvaje que guardo en mi interior y que ningún hombre ha podido saciar.
Es viernes, son las nueve treinta de la noche y me preparo para irme. Tengo más calor que cuando llegué, como siempre me pasa. Mi cuerpo experimenta algo de las sensaciones que le robé con los ojos a mi intérprete sexual, fue una escena memorable.
Abro la puerta para salir y suena mi teléfono. De inmediato me meto de vuelta a la habitación donde estaba y acallo al maldito aparato atendiéndolo en seguida. Se supone que mi presencia aquí debe pasar inadvertida.
Tras media hora de discutir con mi socio sobre unos problemas del trabajo que no vienen al caso finalmente logro salir de esa habitación lo más rápido que puedo. El tiempo se pasó volando, yo no debería estar aquí.
– ¡Auch! – es lo único que alcanzo a decir después de chochar con algo, ¿o alguien?
– Perdón, no te vi.
Mi cerebro en seguida se pone en alerta. Esa voz me resulta muy familiar…
Estoy de rodillas, torturada por mi falda tubo y mis taco aguja, juntando los papeles y la cartera que se cayeron al piso. Levanto la vista y veo al protagonista de mis escenas de los viernes. Me mira con una sonrisa de lado disfrutando de mi despliegue de torpeza. Bajo un poco la vista intentando disimular mi vergüenza y me quedo mirando su entrepierna que atrapa un bulto considerable. ¿Pero cómo puede ser si acaba de…? Pero no puedo pensar más. Finalmente se apiada de mí y me tiende una mano para ayudarme a levantar. Se la doy porque con esta maldita falda sería casi imposible hacerlo por mis propios medios.
Una vez recobro una postura más digna musito un “gracias” y me doy la vuelta para salir del bendito edificio cuando su voz perturba nuevamente el hilo de mis pensamientos.
– Espera, no te vayas así.
Mi cuerpo obedece a su mandato, mi mente intenta reestructurarse. ¿Me está dando órdenes? Yo soy la que da las órdenes, siempre, siempre… Es lo que la gente espera de mí, pero me agota, me agota hacerlo todo el tiempo. Esto se siente extraño, que otra persona me de una directiva tan simple y verme tan afectada. Pero creo que me gusta.
Al segundo siguiente está a mi lado, tomándome por la cintura y arrastrándome hacia fuera. Me tiene desconcertada, ni siquiera atino a resistirme y él se muestra tan natural en esta actitud dominante…
– Te acompaño a tu auto. ¿Dónde lo dejaste? ¬
– Es ese – digo señalándolo.
– Lindo coche.
No sé si se hace el disimulado pero no le da mayor importancia. Todo el mundo babea por ese auto, en especial los hombres pero en él no parece surtir mayor efecto.
– La verdad es que necesito que me lleves. Es lo menos que puedes hacer por retenerme hasta tan tarde.
No puedo creerlo. Debo estar mirándolo con cara de idiota porque prácticamente esta aguantando la carcajada. ¡Qué descarado! ¿Quién se cree que es? ¿Y quién cree que soy yo? Definitivamente no tiene ni idea o lo sabe disimular muy bien. Mmm. Eso no tiene por qué ser malo. No le voy a dejar saber que me tiene descolocada.
– Está bien. Te llevo. Súbete.
Tras unos momentos de incómodo silencio me pregunta algo que hace que todos mis planes de parecer en control de la situación se vayan por la borda.
– Entonces, ¿por qué lo haces?
– ¿Por qué hago qué? – pregunto intentando sonar despreocupada.
– ¿Por qué pagas por ver sexo? No me tomes a mal, estoy más que contento con el pago extra. Sólo pregunto por curiosidad. ¿Te calientas para ir con tu marido?
“Insolente”
– No tengo marido.
– ¿Novio, amante?
– No – Me está haciendo enojar. ¿Qué le importa mi vida?
– Entonces ¿Por qué lo haces?
– No te importa.
– ¡Para!
– ¿Qué? No vas a tratarme así ¿Que te piensas?
– Que pares porque esa era mi casa.
– Mierda. – Clavo los frenos y doy una marcha atrás un poco descontrolada.
– Esa de ahí.
Paro frente a la susodicha casa y me quedo mirando al frente mientras él se baja. Cierra la puerta y se asoma a la ventanilla.
– Ven, todavía no me contestas lo que te pregunté.
– No puedo, tengo cosas que hacer.
– Te aseguro que conmigo te vas a divertir más. No me hagas arrastrarte hasta adentro. Ven.
Y otra vez la firmeza de sus órdenes me desarma por completo. Bajo del auto y voy tras él mientras no pierdo de vista su apretado culo que se mueve deliciosamente frente a mí. Lo conozco bien, muy bien.
Entro a la casa y me sorprende otra vez cuando se empieza a desvestir sin miramientos, camisa, zapatos, medias, pantalón y engancha los pulgares en el borde del boxer. Se detiene por un momento, mira por arriba de su hombro y me ve con la peor cara de hembra en celo de la historia, observándolo de forma lasciva. Se sonríe satisfecho y termina de desnudarse.
– Me voy a dar una ducha. ¿Quieres venir? – El descarado se dio vuelta y se ve que le esta gustando bastante este jueguito porque su pene esta completamente erecto.
No puedo evitar mirar ahí fijamente y saborearme. Cuando me doy cuenta de lo que acabo de hacer siento que mi rostro se incendia.
– Si me acompañas te dejo darle una probadita – dijo agarrándoselo con una mano.
– Esto no es una buena idea – murmuro pero mis palabras no me las creo ni yo. Sigo con la vista clavada en su pene, lo deseo, lo deseo tanto. Siento que mi capacidad de razonamiento se extingue. Esta vez puede ser diferente a las otras, él no sabe quién soy, no espera nada de mí. Tal vez me pueda dar lo que necesito. Me muerdo el labio, dudando pero él decide por mí. Avanza hacia donde yo estoy, me toma por la cintura y me aprieta contra su cuerpo desnudo, restregando su erección contra mi pelvis. Libera mi labio con su pulgar y me besa aunque decir que esto es un beso es un eufemismo. Me está devorando la boca, su lengua embebida con su saliva busca la mía, la subyuga, la posee mientras sus labios se funden con los míos. Me está dejando sin aire, sin alma, sin sangre. Tan violentamente como arranca ese beso lo termina, dejándome jadeante, sedienta de más, totalmente descontrolada. Me mira a los ojos y se sonríe triunfante. El muy desgraciado sabe que me tiene en sus redes y yo no pretendo zafarme de ellas.
– ¿Te vas a duchar conmigo o no?
Asiento, incapaz de emitir sonido.
– Muy bien. Entonces hay que desvestirte.
Se pone de rodillas frente a mí sin dejar de mirarme y coloca sus manos en mis tobillos. Tortuosamente lento comienza a subir por mis piernas mientras yo siento que toda mi piel hierve. Llega hasta el borde de mi falda, se detiene por unos segundos y se mete por debajo. Con sus pulgares acaricia muy suavemente la parte interna de mis muslos. El calor que siento en mi entrepierna se está tornando insoportable. Él avanza más y más hasta llegar a mi sexo. Presiona con sus dedos y masajea por encima de mis panties. Estoy tan húmeda que seguro ya las empapé. Cierro mis ojos disfrutando de esas caricias. Estoy apoyada en sus hombros y mis piernas se sienten extrañas.
Deja de hacer lo que se sentía tan bien y yo vuelvo a la realidad brevemente porque en seguida toma mis panties y me las baja hasta el piso. Salgo de ellas y él rápidamente atrapa el borde de mi falda y me la hace cinturón, dejándome completamente expuesta.
– Mmm, ¡qué sorpresa! Completamente depilada. Tengo que probar esto.
Y sin más lame todo mi sexo, saboreando mi excitación que no logro mantener dentro de mi cuerpo. Un patético jadeo surge desde mis entrañas. Mis piernas me fallan pero él me sostiene apretándome el culo y obligándome a mantenerme en pie. Abro más mis piernas. Quiero más, mucho más. Él lo entiende.
– Viciosa – alcanza a decir susurrándole más a mi sexo que a mí pero yo insisto en responder.
– Sí – Tiro de su pelo pero esto parece desafiarlo porque entierra su lengua en mí, mojándome cada vez más. – Ah, sí… – gimo totalmente fuera de mí.
Otra vez interrumpe su ataque abruptamente. Se levanta y empieza a deshacer los botones de mi blusa. Rápidamente llega hasta el último botón y desprende también los de los puños. Apoya sus manos en mi cuello, me besa otra vez y va deslizando sus manos por mis hombros y mis brazos, llevándose consigo mi blusa que cae en el piso segundos después.
Mi pecho delata mi respiración entrecortada y superficial. Me envuelve en un abrazo apretado y accede al broche de mi soutién desprendiéndolo y despojándome de él. Sin esperar un segundo más ataca mis pechos, chupando, lamiendo y mordiendo de forma despiadada.
Por favor… Siento que mis pezones van a explotar de tanto placer mezclado con dolor también. Es una mistura exótica, peligrosa. Siento que me pierdo. Las piernas otra vez me fallan, las siento temblar.
– Parece que no te puedes mantener en pie. Arrodíllate, vas a estar más cómoda.
Me lo dice mientras me acaricia el pelo. Conozco sus perversas intenciones pero no puedo hacer más que seguirle el juego. Deseo tenerlo en mi boca, deseo probarlo, lo hice desde la primera vez que lo vi.
Me dejo caer sobre mis rodillas, lo tomo con ambas manos y con urgencia me lo meto en la boca todo lo profundo que puedo. Mmm. Sabe más delicioso de lo que me imaginé. Él marca el ritmo con su mano en mi nuca agarrándome del pelo, ejerciendo su control sobre mí. Se siente bien, tan bien, tan liberador.
– Ah, sí, sí – emite en un ronco gemido.
Tras unos segundos me tira un poco más fuerte del pelo haciendo que me detenga.
– Basta – me dice con voz firme. Me obliga a levantarme tomándome de los hombros y después me arrastra hasta su cuarto llevándome de la muñeca. Aún tengo los tacos puestos por lo que voy caminando un tanto torpe.
¿Qué va a hacer ahora? La expectativa me está matando y me encanta, me encanta todo este misterio. Llegamos al cuarto y se coloca de espaldas a mí. Me alisa la pollera sólo para desprenderla y quitármela del todo. Me toma de la cintura y se pega a mi cuerpo colocando su erección entre mis nalgas. Me besa y lame los hombros y el cuello y yo no hago más que ofrecérselo, me entrego más y más a sus caricias. Su mano viaja por mi vientre y se desliza más abajo, sus dedos exploran mi sexo palpitante, expectante por sus caricias. Hunde dos dedos en mí, sin previo aviso mientras me sujeta fuerte de la cintura. Estoy elevándome rápidamente, sintiendo oleadas de placer cada vez más juntas, cada vez más fuertes. Mi cuerpo se convierte en pura sensación. Me empuja más hacia la cama obligándome a arrodillarme encima de ella. Me presiona la espalda aun sosteniéndome de la cintura. Obedezco sin decir una palabra, pegando mi pecho a la cama, extendiendo los brazos hacia delante. Estoy abierta, completamente expuesta para él, puede hacer conmigo lo que quiera.
– Abre las piernas – me susurra al oído y hago lo que me pide. Siento que se aleja, dejándome exhibida. Mi cuerpo se contorsiona involuntariamente. Estoy demencialmente caliente. Ya no puedo más, estoy al borde de la explosión. ¡Que tortura! ¡Que deliciosa tortura! Siento que se acerca a mí otra vez por detrás.
– Qué hermosa vista – dice con voz ronca y yo me siento desvanecer.
Me acaricia las piernas deslizándose hacia mis pies y me quita los zapatos. Después vuelve a subir por mis piernas hasta mis nalgas y pone una mano en cada una de ellas. Su cuerpo está fresco en comparación con el mío que arde. Siento su aliento en mi sexo, exhala sobre él para hacerme desear todavía más. Me empieza a dar pequeños besos por mis labios, en mi clítoris, por todo mi sexo y de pronto empieza a subir y me sobresalto cuando su húmeda y caliente lengua moja mi ano. Instintivamente lo contraigo.
– No, no, no – me dice advirtiéndome ¬– Relájate que te va a gustar.
Dudé un segundo y accedí. Hoy es el día de experimentar.
– Eso es, muy bien.
Me mojó aun más con su saliva. Sentía cómo el exceso se deslizaba hacia mi sexo abierto. Lo siguiente que sentí fue un dedo introduciéndose lentamente en mi ano mientras sus dedos expertos hacían delicias en mi clítoris.
– Ah, sí, más… – rogué en una lastimosa súplica.
– ¿Más?
– Sí, por favor
– ¿Cuánto más?
– Todo lo que quieras – no me reconocía en estas palabras de rendición pero fue demasiado tarde cuando me di cuenta de su alcance. Siento su pene en la entrada de mi vagina colocándose, empujando apenas, tentándome. Quiebro aun más mi cadera y en un solo movimiento conciso me penetra hasta el fondo hundiendo a su vez su dedo en mi culo. Los dedos de su otra mano se entierran en mi cadera.
– Ah, sí… – grito con todas mis fuerzas. Se siente extraño, raro, pero exquisito. Es casi demasiado, demasiadas sensaciones a la vez. Empieza a moverse y a mover ese dedo dentro de mí cada vez más rápido, más duro. Mi cuerpo ya no puede resistir más la sobre estimulación, los temblores se hacen cada vez más violentos, más juntos entre sí. Me voy lejos, lejos, ya llego y un segundo antes de que todo estalle logra alcanzar mi pezón y lo pellizca y retuerce con vicio. Exploto en un orgasmo salvaje, bestial. Mi cuerpo tiembla, se retuerce, se quiebra en mil pedazos y se vuelve a juntar para estallar otra vez. Lloro y me río al mismo tiempo, incrédula, enloquecida, no entiendo nada, absolutamente nada. Él retira su dedo invasor. Me toma con ambas manos de las caderas y me embiste una y otra y otra vez haciéndome reflotar en mi orgasmo.
Gime, gruñe, me dice cosas entre dientes apretados que no puedo llegar a entender. Todo lo que me rodea se evaporó, todo menos él y yo.
Sale de mí y yo caigo rendida, exhausta, jadeante, volviendo a la realidad tras haber experimentado algo que no sabía que podía. Pero se que esto no terminó aun. Me mira sonriendo, satisfecho con lo que acaba de hacer. Me toma por las rodillas y las lleva a mi pecho. Se coloca encima de mí y me penetra otra vez. Muerdo mi labio con fuerza sorprendida de sentir este delicioso cosquilleo en mi vientre, este efecto residual del orgasmo exquisito y desproporcionado que acabo de experimentar. Él aumenta el ritmo de sus embestidas. Su respiración se acelera y su rostro se contrae concentrándose en su fin. Yo no puedo creer que este escalando otra vez rápidamente al ritmo de sus embestidas, hecha un ovillo bajo su cuerpo, recibiendo su sudor en mi piel. Me penetra a un ritmo casi imposible. Todo su cuerpo tenso, el mío también, jugando una carrera secreta para ver quién llega al próximo orgasmo primero.
Tras unas pocas embestidas más y casi sin poder moverse por la tensión de su cuerpo sale de dentro mío, se quita el condón y acaba sobre mi cuerpo, marcándome, dibujando hasta la última gota de su placer en mí. Yo estoy temblando por el erotismo de lo que acaba de hacer y porque me llevó hasta el borde y me dejó ahí, colgando del abismo. Me sonríe con la perversión pintada en su cara y se lanza a devorar mi sexo mientras me penetra con sus dedos a un ritmo frenético plegándolos de vez en cuando haciendo que me retuerza del placer. Así, con su lengua luchando con mi sexo y sus dedos bailando en mi interior estallo por segunda vez convulsionando, pateando, arañando y gritando. Él me sostiene firme de la cintura y eso intensifica aun más esta sensación arrolladora.
Unos momentos después, las sensaciones van disminuyendo, él quita sus dedos, se los chupa mirándome a los ojos y se arrastra por mi costado hasta llegar a mi boca. Me besa profundamente haciéndome beber mi propia excitación y me encanta mi sabor mezclado con su propia saliva y con la mía.
Se deja caer a mi costado y tras unos segundos de silencio habla.
– ¿Mejor que mirar?
– Mucho mejor ¬– respondo en una exhalación
Después de descansar un rato finalmente nos vamos a duchar.

Creo que mis citas de los viernes van a ser un poco diferentes de ahora en delante.

Descarado encuentro

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“Pero que semana de porquería. Y justo a mi querida amiga Antonella se le ocurre venir hoy al shopping; un sábado de tarde, con lo que detesto las multitudes.”
En eso pensaba Laura, sentada en la plaza de comidas del shopping, atestada de gente. No cabía ni un alfiler. Estaba esperando a su amiga que viniera con los helados, según ella a ver si se le enfriaba un poco la cabeza.
“Como si eso fuera posible.” pensó bufando. Pero lo cierto era que adoraba aquellos helados y siempre le mejoraban el humor.
Laura había tenido una semana pésima, el lunes perdió su último examen de su primer año de universidad por lo que garantizaba un verano arruinado estudiando para su próximo período. El martes se contagió de un virus que la tuvo con dolor en el estómago y náuseas hasta el viernes y ese día había tenido una entrevista para un trabajo para el que sospechaba no la iban a llamar.
“¿Para qué tanta prueba psicológica para vender ropa si al final van a contratar a una rubia descerebrada con exceso de maquillaje y las tetas gigantes? Aj, ¡qué fastidio! De hecho, creo que había un par de esas en la prueba.” se rió de forma sarcástica hundiendo la cabeza entre sus manos.
– Discúlpame. – escuchó que le decía una voz grave sacándola de sus ensoñaciones.
Ella levantó apesadumbrada la cabeza y vio a un muchacho de unos veinticinco años, alto, delgado con los ojos y el pelo más negros que ella jamás había visto. Contrastaban perfectamente con su blanquísima piel. La miraba con cara de pícaro, sonrisa ladeada y ojos chispeantes. – ¿Me puedo sentar?
“¡Uf! Lo que me faltaba” pensó hastiada.
– Estoy con una amiga. – dijo en tono seco. Él miró en todas direcciones.
– ¿Es en serio o estás tratando de echarme?
“Ah, pero éste ¿quién se cree que es? Tengo que borrarle esa sonrisita de la cara. Por más que me guste se está pasando de listo.”
– Es en serio. Pero si quieres te quedas y ves cuál de las dos te gusta más. Así puedes elegir.
“Seguramente la elija a ella. La adoro y es la mejor amiga del mundo pero debo admitir que sus curvas siempre se llevan las miradas de todos los chicos y de los hombres también.”
Laura logró su objetivo ya que el desconocido se quedó mirándola con los ojos y la boca muy abiertos. Pestañeó un par de veces cerrando su boca tras unos segundos pero seguía ahí parado. En ese momento llega Antonella con dos cucuruchos con el helado derritiéndose. Ella intentaba recuperar con la lengua todo lo que podía del suyo mientras que el otro helado le ensuciaba toda la mano.
– Están medio blandos pero igual son riquís… – se detuvo de pronto al ver el extraño duelo de miradas que se estaba desarrollando.
Ellos dos se miraban fijamente, a la espera del próximo movimiento.
– Ejem – aclaró su garganta Antonella.
Laura fue la que habló primero. – ¿Ves? Te dije que estaba con una amiga. – Y le arrebató el helado que le pertenecía. Acto seguido sacó su lengua y lamió todo el helado, mirándolo desafiante.
A él ese gesto lo golpeó tan fuerte que por un momento perdió el equilibrio. Pero en seguida recobró la compostura y entornando los ojos volvió a sonreírle de lado. Sacó su billetera del bolsillo, rebuscó y sacó una tarjeta personal. La apoyó en la mesa frente a Laura y sin decir nada se dio media vuelta dispuesto a irse.
– Pero ¿qué haces? – casi le gritó ella.
Y entonces él la encaró de nuevo, la tomó de la nuca y le partió la boca de un beso. Duró unos segundos en que Laura no atinó a reaccionar, sólo dejaba que los carnosos labios de él se entrelazaran con los suyos y que su húmeda lengua la invadiera. Se separó de ella tan sorpresivamente como la tomó, dejándola jadeante y con los labios hinchados.
– Mmm. Chocolate amargo, me encanta. – dijo relamiéndose. – Ahí te dejo mi número. – dijo señalando la tarjeta sobre la mesa y desapareció entre la gente dejándola atónita, con el helado derritiéndose en su mano y su cuerpo en un estado casi febril.
A Antonella se le había caído la mandíbula.

– Tienes que llamarlo. – le dijo Antonella. Estaban en su casa esa misma tarde y rondaban las siete.
– Ni loca. Es un acosador. ¿Cómo se le ocurre besarme así en medio de una plaza de comidas?
– Sí, pero bien que el acosador te dejó temblando como una hojita.
– Aparte no tengo la tarjeta. Salimos volando y nunca la agarré.
– Yo sí – dijo Antonella sacándola del bolsillo trasero de su pantalón.
– Anto… ¿Qué estás tratando de hacer?
– Estoy tratando de que te diviertas un poco. Vamos, llámalo, llámalo, llámalo.
– ¿Y le digo qué?
Anto la miró con cara de pícara. – Que quieres más de donde vino eso.
– ¿Pero qué te piensas que soy?
– Hay Lau, no le des tanta vuelta. Llámalo y listo. Después ves qué pasa.
Tras pensarlo unos segundos se decidió.
– Ok. Lo voy a llamar. Pero sólo para increparlo. No puede ser que haya hecho eso. Es un maleducado. ¿Qué se cree? – vociferaba mientras le sacaba la tarjeta a su amiga y empezaba a marcar el número.
Se encontró temblando y con la boca seca, pero ni modo, ya había tomado una decisión y seguiría adelante.
Tres, cuatro, cinco tonos y cuando estaba apunto de cortar, él atiende el teléfono.
– Hola – contestó su grave voz
Laura sintió que se derretía.
– Hola – volvió a decir.
Antonella la golpeó en el brazo para hacerla reaccionar.
– Ho… Hola. ¿Andrés?
– El mismo
– Soy Laura. La chica del helado.
“Idiota” pensó. “No soy una vendedora de helados”
Anto soltó una carcajada ahogada por su mano.
– La chica del shopping de esta tarde.- se corrigió.
– Sé quién eres. ¿Cómo estás?
“¿Que cómo estoy? ¿Y tan tranquilo me lo pregunta?”
– Bueno, la verdad es que estoy indignada. ¿Cómo se te ocurre hacer lo que hiciste y desaparecer así? Yo no soy una cualquiera.
– ¿Y te gustó lo que hice?
– Emm, bueno…
– ¿Te gustó o no?
– Ese no es el punto. Fue desubicado lo que hiciste y en el lugar que lo hiciste.
– Estás equivocada. Ese precisamente es el punto. Si te gustó lo que hice lo podemos repetir en el lugar que quieras.
Laura sintió que se incineraba. “¡Qué descarado que es!” Anto la observaba extasiada al ver las reacciones de su amiga.
– No tienes vergüenza en la cara.
– Ni en la cara ni en ninguna otra parte del cuerpo. Entonces, ¿cuándo nos vemos?
– ¿En qué momento te dije que quería salir contigo?
Anto asentía de forma frenética.
– No lo dijiste explícitamente. Pero si no quisieses más de lo que pasó hoy, ni siquiera te hubieses molestado en llamar.
“A bueno, pero este no tiene límites.” pensó más excitada de lo que se quería admitir.
– Ok. Esta noche. Pero sólo para explicarte clarito cómo son las cosas.
– Está bien. Me urge que me des esa explicación. ¿Dónde y cuándo?
“¿Se está burlando de mi? ¡Uf!”
– En hora y media. En la puerta del shopping.
– Ok. Nos vemos ahí. – y cortó.
Anto puso el grito en el cielo literalmente.
– ¿Vas a salir con él?
– No, bueno, sí. Pero sólo para aclararle las cosas.
– Sí, sí, como sea. El hecho es que tienes una cita mi amiga. Vamos a aprontarte. – y se la llevó a rastras al baño para aprontarla como si fuese una debutante de los años treinta.

A las ocho y treinta estaba llegando al shopping en el auto de su amiga. La dejaría allí y luego la iría a buscar. Había caído en las manos de Antonella para que la arreglara así que vestía unos pantalones de jean muy ajustados, azules oscuros con un sutil bordado de pequeñas flores sobre el muslo en hilo plateado, una blusa gris perla que llevó quince minutos de discusión sobre el botón que debía ir prendido o desprendido. Por supuesto Anto ganó; resultado: botón desprendido. En los pies, unos zapatos de taco de gamuza grises carbón. El pelo castaño se lo había acomodado en una especie de moño “perfectamente desarreglado” según terminología de la propia Antonella. El maquillaje era muy leve, algo de brillo rosa pálido en los labios, ojos delineados en negro y sombra natural con un poco de brillo. Según su amiga el rubor ya venía integrado así que no sería necesario agregar más. Después le guiño un ojo.
Laura no entendió a qué se refería.
– ¿No será mucho? Voy a ir sólo para…
– Sí, sí – la interrumpió su amiga. – Lo dejaste claro todas las veces que lo dijiste. Pero para que te tome en serio tienes que ir bien arregladita, para imponer presencia. ¿Entiendes?
– Si tú lo dices…

– Bueno amiga, suerte. Déjale bien claro lo que piensas, ¿eh? Y me llamas cuando me necesites. Te voy a buscar a donde sea. – y le guiñó un ojo de nuevo.
– Ok. Te llamo. – le dijo y se bajó del auto.
Caminó media cuadra hasta la entrada principal del shopping y ahí lo vio.
“Hay no. Esto va a ser peor de lo que pensé. ¡Qué bueno que está!”
Vestía jeans negros, camisa negra y zapatos del mismo color. Estaba recostado en la pared al costado de la puerta de entrada al shopping jugando con las llaves de su auto entre sus dedos. Laura sintió que se quedaba sin aliento.
“Contrólate muchacha. Sabes a qué has venido. Cumple con tu cometido.”
¿Sabía a qué había ido? Creía que sí, hasta ese momento. Tomó aire y avanzó hacia él. Antes de que llegara, él la divisó. Se despegó de la pared y le sonrió complacientemente.
– Hola – se dijeron al unísono.
Él la miró de arriba abajo devorándosela con la mirada. Ella sintió que ardía.
– Mira – se aclaró la garganta porque su voz salió más aguda de lo que quiso. – Mira, el asunto es el siguiente… – mucho mejor.
– Aquí no. Vamos a un lugar más tranquilo. – y sin previo aviso la tomó de la mano y la llevó calle abajo. Llegaron a su auto que estaba estacionado al costado de una plaza. Estaba hermosamente iluminada, llena de flores y aunque era una cálida y despejada noche, estaba casi vacía. Al otro lado de donde estaban ellos una parejita de novios adolescentes se comían la boca a besos.
Ella los miró de reojo sintiendo que enrojecía aún más. Él parecía ignorarlos. Se metieron en la plaza y se sentaron en uno de los bancos. Ella miraba al frente, sentada con las piernas juntas y las manos sobre las rodillas. Él tenía el cuerpo orientado hacia ella.
– Cuando quieras. – le dijo.
– El asunto es que… –
Él la tomó de la barbilla y la obligó a que lo mirara.
– Si me vas a increpar algo, al menos hazlo en mi cara.
– Sí, claro que lo voy a hacer – dijo al fin tomando coraje. – No puedes ir por la vida besando chicas. Eso es acoso sexual. – Él la miraba reprimiendo una sonrisa. – ¿Qué? – dijo ella.
– ¿Me puedo defender?
– Sí – dijo ella sin pensar.
– Primero que todo tú de chica no tienes nada. Estás bastante crecidita. – y la miró otra vez de forma lasciva. – Y segundo, nunca había hecho algo así, no sin conocer a la otra persona al menos. Pero cuando me provocaste con ese helado y me desafiaste con tus palabras no me pude contener a probar tu boca.
“¿Qué?”
– Yo no te provoqué.
– Sí lo hiciste y creo que lo sabes bien. Ahora la pregunta es si me vas a dejar probar otro sabor de tu boca. Me encantó el chocolate amargo pero ahora mismo quiero saber si me vas a dejar sentir tu sabor.
– Yo… – sentía su cuerpo en llamas. Él se acercó más y ella sintió su exquisito perfume que la inundó.
– ¿Quieres que te bese de nuevo Laura? – le dijo mientras deslizaba una mano por su nuca y se acercaba más y más.
– Sí – alcanzó a decir ella en un susurro totalmente perdida, engatusada por su seducción.
Él no esperó un segundo más y apresó sus labios a los de ella explorando con su lengua los rincones de su boca. Ella hacía lo propio enredando sus dedos en el pelo de él y luchando con su lengua empapada de deseo. Cuando se quedaron sin aliento se separaron, él con una perfecta sonrisa de triunfo y ella roja de la excitación que recorría cada fibra de su ser. Ahora los que parecían dos adolescentes calentones eran ellos.
– Entonces, ¿qué quieres hacer ahora? – le dijo mirándola con loco deseo mordiéndose el labio.
Su cuerpo, sus hormonas sabían muy bien lo que querían hacer pero sus neuronas no estaban muy convencidas. El hecho es que era un extraño.
Ella también se mordía el labio pero por la duda.
– No te voy a hacer nada que tu piel no quiera que haga – le decía con voz seductora mientras le acariciaba los labios hinchados. No me tengas miedo. ¿Qué puedo hacer para que confíes en mí?
Laura estaba desconcertada. Sí quería ir con él a donde él quisiera para hacerle lo que se le cruzara por la cabeza pero lo único que sabía de él era su nombre, su teléfono y que era contador.
– Tengo que hablar con mi amiga al menos – le dijo avergonzada como si le tuviese que pedir permiso a su mamá. Afortunadamente Anto la cubría en esa.
– Ok. Llama a tu amiga y le dices que estarás conmigo un rato más.
Ella sacó su teléfono de la cartera, llamó a Antonella que le respondió: – ¿Ya te tengo que ir a buscar?
– No, el asunto es que…
– Déjame hablar con ella. – la interrumpió Andrés extendiendo su mano para que le pasara el teléfono. Ella lo miró extrañada, él insistió y ella accedió.
– Hola, mira, el asunto es que quiero pasar un rato con tu amiga a solas en mi apartamento y ella está un poco aprensiva. – Laura quiso golpearlo por dejarla en evidencia pero él la esquivó.
– Así que quería dejarte mi dirección para que sepas dónde está. ¿Tienes para anotar? Ok. – Y le dio la dirección como también el número de teléfono de línea y su celular. – Te la paso de nuevo. –
Laura tomó el teléfono.
– Este tipo realmente quiere acostarse contigo. Poco menos que me da su grupo sanguíneo. ¿Qué quieres hacer tú?
Laura se había parado y puesto a caminar dándole la espalda a Andrés a propósito.
– Me tiemblan las piernas y el corazón se me sale por la boca. Pero me muero por ir.
– Entonces ve. Sabes cómo cuidarte y sé donde estás. Disfruta nena y me llamas cualquier cosa, no importa la hora.
– Ok. Adiós. Te quiero.
– Yo también. Vete, vete. No lo hagas esperar más.
Cortó el teléfono y se enfrentó a su mirada abismal.
– Entonces ¿qué decidiste?
– Podemos irnos.
Se subieron al auto y se fueron.

Veinte minutos después llegaron al apartamento de Andrés. Él abrió la puerta y tomó la sudorosa mano de Laura para conducirla al interior.
– ¿Quieres algo para tomar?
“Sí, a ti” pensó ella sonriendo.
– Agua estaría bien
– Ok
Al rato volvió con un vaso de agua, dos copas y una botella de vino tinto. Ella bebió un sorbo de agua.
– ¿Te gusta el vino?
– Sí pero…
– No te preocupes que no voy a dejar que te emborraches. Sólo quiero que te relajes un poco. Estás demasiado tensa. – decía al tiempo que llenaba ambas copas.
– Cuéntame algo de ti – le dijo él mientras bebía pequeños sorbos de vino.
– ¿Qué quieres saber?
– ¿Por qué estabas de ese humor tan terrible?
– Tuve una semana muy complicada. Perdí un examen de matemática, me enfermé y fui a una tediosa entrevista de trabajo. Lamento haberte ladrado, no soy así casi nunca.
– No lo lamentes. Creo que porque me ladraste ahora estamos en esta situación.
En ese momento la mira sonriéndole y le da la copa de vino. Ella sin dudarlo la toma y bebe un sorbo bastante largo.
– Mmm – murmura él entornando sus ojos y fijándolos en la boca de ella. – Tengo un problema, tal vez me puedas ayudar.
– ¿Qué problema? – preguntó ella adivinando sus intenciones.
– Verás, acabas de tomar un buen trago de vino así que me estoy siendo prácticamente obligado a pedirte que me dejes besarte de nuevo para saber cómo sabe tu boca perfumada por el vino.
– Mmm. Realmente es un problema en el que estás metido. – dijo ella coqueteando.
– Ya te lo decía yo. Entonces, ¿me vas a ayudar a solucionarlo? – dijo él acercándose más y más a ella. Ya tenía su mano envolviéndola desde la nuca. Ella no contestó, simplemente se recostó en el sofá y cerró sus ojos. Él le quitó la copa de la mano y se abalanzó sobre ella, presionándola con su cuerpo y atacando su boca salvajemente. Ella se retorcía bajo el cuerpo de él y sus manos fuera de control viajaban por su espalda reconociendo su musculatura. Llegó al borde del pantalón y sin pensarlo tiró de la camisa liberándola del agarre y en seguida sintió la piel de su espalda baja, caliente, muy caliente. Él gimió aún besándola mientras su mano derecha recorría su costado de arriba abajo. Ella le subió la camisa de forma desesperada. En ese momento él se separó de sus labios y empezó a descender, llenándola de besos en su mandíbula, detrás de su oreja, bajó por su cuello mientras con su mano se había colado por debajo de su blusa e iba subiendo lentamente, tocándola apenas con la punta de sus dedos. De pronto dejó de besarla, se paró y la observó derretida en el sillón, jadeante, expectante.
– Sabes divinamente. – le dijo relamiéndose los labios. Ella convulsionó ante ese gesto e involuntariamente apretó sus piernas.
– ¿Quieres más?
Ella asintió al instante.
Él sonrió de forma lasciva.
– Entonces ven. – le dijo extendiéndole la mano que ella gustosa aceptó.
Él tiró de ella y pegándola a su cuerpo volvió a besarla de forma posesiva, hundiendo su lengua en la boca de ella y tomándola con firmeza de la nuca. Así la llevó hasta el dormitorio, extrayéndole cada gota de oxígeno, excitándola hasta el extremo sólo con su experto y húmedo beso.
Cuando llegaron al cuarto se separó de ella y mirándola con ardiente deseo fue hasta la mesa de luz y sacó de un cajón dos preservativos.
Laura sabía perfectamente a qué había ido a ese apartamento y estaba más que dispuesta a estar allí pero ver esos preservativos causó un efecto demasiado fuerte en su alterado sistema. Eran una prueba fehaciente de lo que iba a pasar en breve. Todo su cuerpo tembló una única vez de forma violenta y sintió que sus piernas no la sostendrían. Andrés se dio cuenta y en dos pasos estaba frente a ella sosteniéndola por la cintura, pegándola a su cuerpo.
– ¿Estás bien preciosa?
– Si, yo, eh…
“¡Qué vergüenza! Va a pensar que soy una tonta. ¿Cómo puedo desarmarme así? ¡Un poco de control Laura!”
– ¿Quieres seguir? – le preguntó al tiempo que acariciaba su cuello con su nariz, inspirando su esencia.
– Sí, por favor – dijo ella en una súplica.
– Mmm. Está bien. Pero te voy a llevar hasta la cama, no vaya a ser que te me desmayes aquí parada.
Dicho esto la tomó en brazos y la depositó suavemente en la cama, mirándola con sus abismales ojos negros. Se separó nuevamente, se quitó los zapatos, las medias y la camisa por encima de la cabeza. Después se desprendió el botón del jean y bajó el cierre dejando ver algo más de la línea de bello que conduce a su sexo interrumpido por el ancho elástico de sus boxers.
Laura no quitaba la vista de allí, ansiosa por ver liberada la opresión que apenas contenían esos pantalones. Se retorcía y contorneaba en la cama apresando las sábanas bajo sus manos.
– ¿Te gusta lo que ves?
“¿Cómo no va a gustarme lo que veo? ¡Cuánta perfección por favor! Y todo para mí.”
– Sí, mucho – alcanzó a contestar con la voz entrecortada.
Él ladeó la cabeza y frunció los labios observándola divertido.
– Mmm. Me parece que tienes demasiada ropa puesta. Siéntate en el centro de la cama.
Ella se quitó los zapatos y obedeció dejando sus piernas extendidas y apoyándose en sus brazos. Él separó sus piernas tomándola de los tobillos y se subió arrodillado a la cama colocándose entre ellas. Laura observaba cada unos de sus sensuales movimientos, cada vez más excitada.
– Entonces, vamos a ver si el resto de tu piel sabe tan deliciosa como lo que he probado hasta ahora. – Le sonrió de lado, le besó apenas los labios y empezó a desabrochar uno a uno los botones de su blusa dejando un camino de besos y esporádicas caricias con su lengua a su paso.
– Mmm. Incluso mejor.
Laura no decía nada. Sólo gemía, jadeaba y con su cuerpo pedía más y más. Él obedecía a su orden no dicha. Después le dijo que se recostara y ella relajó todo su cuerpo cerrando sus ojos. Abrió su blusa y la acarició con la punta de sus dedos observando cómo su piel se erizaba a su paso. Se posó en la línea de su pantalón y lo desabrochó y bajó el cierre. Laura estaba totalmente perdida y lo dejaba hacer sin restricciones. De pronto y rápidamente la tomó de las caderas y la dio vuelta como si fuese una muñeca. Ella gemía extasiada, sorprendida de que ese acto casi salvaje le hubiese volado tanto la cabeza. La despojó de su blusa y se recostó a su lado. Le corrió el pelo despejando su nuca y se la besó pasando después a su hombro descubierto. Recorría con su mano su espalda hasta que se topó con el broche del soutién que en un segundo deshizo. Acto seguido deslizó ambos breteles por sus hombros.
– Ah, sin interrupciones. – le dijo al tiempo que la masajeaba suavemente.
– Estás muy callada. ¿Te gusta lo que te estoy haciendo? –
– Sí – dijo ella estirando la palabra en una súplica y en ese momento él metió una mano por debajo de su pantalón y aprisionó su glúteo. Se regodeó apretándolo y masajeándolo y al pasar al otro rozó su sexo con la punta de sus dedos.
– Ah – suspiró ella levantando su culo involuntariamente, ofreciéndose a él. Tras unos segundos de apretar su glúteo volvió a mover su mano pero ésta vez se instaló de lleno entre sus piernas introduciendo el dedo mayor en su húmedo interior.
– ¡Ah! – gritó ella esta vez y quebró aún más su espalda. Él aprovechó la oportunidad e introdujo otro dedo y empezó a mover su mano arriba y abajo en el apretadísimo espacio dentro de los pantalones de Laura. Ella sentía que desfallecía. Su cuerpo se tensaba y aflojaba rítmicamente, totalmente fuera de control. Sentía los ruidos que hacía su húmedo sexo ante los movimientos de la magistral mano de Andrés y junto con sus graves jadeos provocaban reacciones carnales y primitivas en el cerebro de Laura. De pronto se detuvo, dejándola sedienta de más. Como lo hizo antes, la dio vuelta, tiró el soutién al piso y se tendió sobre ella atacando un pecho con su boca mientras con la mano atendía al otro masajeándolo, apretando su pezón y estirándolo. El cuerpo de Laura convulsionaba ante este asalto y su pelvis se elevaba incontrolable para aumentar el roce con la de él. Había llevado sus manos a su pelo y tiraba de él ansiando que la devorara más y más. Tras unos segundos él abandonó su pecho y la besó apasionadamente enterrando su lengua en su boca que ella aceptó gustosa.
Le sonrió de forma lasciva al apartarse y colocándose entre sus piernas tomó el borde del jean junto con sus bragas y de un tirón las zafó del agarre de sus caderas. Después se bajó de la cama deslizando los pantalones por sus piernas. La tenía completamente desnuda y para ser justos él también se desnudó por completo. Su erección saltó firme al frente, quedando perfectamente perpendicular a su cuerpo. Laura fijó su vista allí e instintivamente se saboreó.
– ¿Quieres probar? – dijo él mientras se lo tomaba con la mano y la movía despacio arriba y abajo. La otra la tenía extendida ofreciéndosela a ella. Laura tardó unos segundos en reaccionar pero finalmente se la tomó. Se sentó al borde de la cama, observó su turgente pene que él aún sostenía y se lo metió en la boca. Chupó, lamió y mojó todo lo que pudo, jugueteando con su lengua alrededor de la cabeza. Él había cerrado sus ojos y echado la cabeza hacia atrás disfrutando de lo que ella hacía y enredando sus dedos en su pelo.
– Basta. – dijo de pronto y dio un paso atrás. Laura lo miró sin entender.
– Preciosa, si sigues esto se termina ahora. – La tomó de las axilas y la ayudó a subirse de nuevo a la cama. La tomó de los tobillos, se los separó y besó todo el camino desde su pie hasta el interior de sus muslos.
– Ahora me toca a mí – dijo en un susurro y devoró el sexo de Laura, haciéndola estremecerse de pies a cabeza. La sostenía de las caderas para restringir sus movimientos. La llevó con su húmeda lengua otra vez al borde del abismo y otra vez se detuvo, torturándola con la expectativa.
– Por favor… – suplicó ella.
– Por favor ¿qué?
– Te quiero…
– ¿A sí? ¿Dónde?
– Te quiero dentro de mí
– Tus deseos son órdenes
Se estiró encima de ella cubriéndola con su cuerpo, presionándola con su erección y tomó uno de los preservativos. Rápidamente se lo puso y sin mediar más la penetró de una sola vez y hasta el fondo. Ella pegó el grito en el cielo no por dolor sino por sentirse llena, plena, satisfecha.
– ¿Estás bien? – preguntó él quieto por completo.
– Sí, sí, no te detengas. Dame, dame – pedía desesperada.
Él le sonrió y empezó a moverse. En seguida tomó un ritmo rápido, frenético. Se incorporó, tomó una de las piernas de Laura y se la puso al pecho, abrazándola y logrando una penetración mucho más profunda. Ella se deshacía bajo sus embestidas. Estaba cerca, muy cerca. Sin siquiera pensarlo llevó sus manos a sus pechos y se los estrujó, estirando sus pezones. Al ver esto él se excitó aún más y aumentó el ritmo de sus embestidas que ya eran salvajes. Laura no resistió más y estalló en un orgasmo arrollador. Sacudía violentamente su cuerpo mientras él aprisionaba con fuerza su pierna y la seguía penetrando sin piedad. Ella gritaba y gemía. Los espasmos de su cuerpo no disminuían, se sentía enloquecer ante tal explosión de placer.
Tras unos segundos más, él soltó su pierna, salió de ella, la besó apasionadamente y la dio vuelta dejándola en cuatro patas. Presionó entre sus omóplatos y ella sin dudarlo, embriagada por los coletazos del orgasmo que acababa de experimentar, pegó su pecho a la cama. Él lamió su sexo en toda su extensión provocando una violenta sacudida en el cuerpo de Laura y sin esperar un segundo más volvió a penetrar hundiendo sus dedos en su cadera.
– Ah, ¡sí! – gritó ella tirando la cadera hacia atrás, ofreciéndose más a él que inmediatamente la empezó a embestir duro y hasta el fondo. Ella presionaba rítmicamente los músculos de su vagina y el gruñía cosas inentendibles cada vez que ella lo hacía. Cada tanto una mano de él viajaba por su espalda, la tomaba de su hombro, marcando más fuerte sus embestidas. Después iba hasta su pecho y pellizcaba su pezón una y otra vez mientras no dejaba de penetrarla. Finalmente se instaló en su clítoris y empezó con un masaje demencial, en círculos, arriba y abajo y otra vez en círculos. Laura estaba otra vez al borde. Las contracciones involuntarias de su sexo se lo informaron a él que una vez más aumentó el ritmo de sus embestidas presionando el clítoris de ella. Tres, cuatro y a la quinta embestida ella explotó llorando y riendo a la vez.
– Ah, sí, sí, sí.
Dos segundos después Andrés se vació dentro de ella con un ronco y profundo – Sí
Clavó los dedos en su cadera y se detuvo por completo dentro de ella hasta que su cuerpo dejó de temblar. Salió y ella se desplomó en la cama, exhausta, rendida. Él se quitó el preservativo, le hizo un nudo y lo tiró a un lado de la cama. Suavemente la dio vuelta, descendió hasta su sexo y la besó delicadamente, bebiendo la excitación que su cuerpo no podía contener. Ella se sacudió lánguidamente sin abrir los ojos pero con una sonrisa pintada en su rostro y la más absoluta cara de paz. Él abandonó su sexo y subió cubriéndola de diminutos besos por su panza, sus pechos, sus pezones, su cuello y finalmente sus labios que abrazó con los suyos envolviéndola con una mano desde su nuca.
– ¿Cómo estuvo? – le susurró al oído
– Mmm. Demasiado bueno.
Él se sonrió contra su cuello. La puso de lado y se pegó a su cuerpo, desnudos ambos.
– Descansa preciosa.
Y así se durmieron, fundidos en un abrazo después de la arrolladora pasión que los convirtió en un sólo ser.

Daño

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Él no entendía
Por qué ella se lastimaba así
Le dolía
Verla causarse esas heridas
En su suave piel
Desesperada estaba

Un día la espió
Y descubrió un cuaderno
Donde guardaba sus secretos
Lo leyó
Develó el misterio
Que se ocultaba
Tras sus heridas

Odio, frustración
Pero sobre todo
Falta de amor

Cerró el cuaderno
Lo pensó dos segundos
Y a partir de entonces
Ella nunca más se lastimó.

Muda

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Un silencio acalla mi boca
Y siembra miedo en mi pecho
Mis labios se sellan
Una vez más

Ocultan la verdad
Que nació en mi alma
Y se alimenta de mi espíritu

Me devora por dentro
Ensombrece mi mirada
Me entristece

Y qué sería
Si un día
Mi cuerpo no lo soportara más
Y lo dejara salir
Libre
Para que no me envenene más

Todos lo sabrían
Juzgarían
Pero el silencio se quebraría
Nunca más callar.

Soñar

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En una noche oscura
Como tantas otras
Una taza de té
Calienta mi mano
Y tranquiliza mi alma

Busco sosiego
En el silencio de la madrugada
En el aroma de las hierbas
En éste mi castillo.

Después del trabajo,
Después del descanso
Después de las pesadillas
Y los malos ratos
Después de todo
Llega la paz

Y soñar…
Otra vez soñar
Con lo que extraño
Con lo que me hace falta
Lo que espero conseguir…

Un sentido mágico
Le doy a mis sueños
Presagio que ansío con fuerza
Tratando de no desesperar
De ocultar la verdad
A los demás.

Soñaré,
Soñaré una vez más.

Retorno

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Él vuelve a mi memoria
Aunque trate de olvidarlo
Su recuerdo se niega a desaparecer
Cobrando vida
Aunque mis visitas
Son cada vez menos frecuentes
Y cómo lo extraño…

A veces invento algo
Para encontrarnos
Juro que será la última vez
Pero vuelvo a caer
En la tentación

Una y otra vez
En la soledad y la compañía
En el silencio y el ruido
En la alegría y la tristeza
Él vuelve a mi memoria.

El juego

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Ésta mañana cuando desperté
Me pregunté
¿Qué carta jugaré hoy?
La de niña inocente,
La de rebelde si causa,
La paciente,
La impertinente.

¿Dónde está la verdad?
¿Cuál es la real identidad?
Todo se trata de un juego de azar.

Jugar, jugar
Sin saber qué me va a tocar
Jugar, jugar
Sin saber quién soy en realidad

¿Todo será así?
Cambiando cada día, cada hora,
Cada minuto, cada segundo.
Ya no soy la que fui ayer
Ni la que seré mañana

Jugar, jugar
Sin saber qué me va a tocar
Jugar, jugar
Sin saber quién soy en realidad

Llega la noche
Y encuentro éstas palabras
Escritas en un papel
Y me vuelvo a preguntar
¿Quién fui esta vez?

Fui todas al mismo tiempo
La burócrata,
La intermediaria,
La oculta
Y la obvia
La realista
Y la soñadora
Fui todas al mismo tiempo